Viaje sin boleto de regreso

VIAJE SIN BOLETO DE REGRESO.

 Tarde de 1956.  El Souldsistem de esta tarde no llegó. Los chicos rudos se quedaron esperando que ese camioncito que llegaba cada semana, radiando ese ruido  –que algunos llamaban danza infernal o melodía de libertad, pero que muy pocos sabían que los gringos le llamaban jazz–  tocara las bocinas y despertara el ambiente.  

Ese ambiente pesado lleno de violencia e incertidumbre que merodeaba no solo por las calles de Kingston, ni únicamente en el abstracto New York que Elmo Valencia se inventó en el instante en que se entregó a la locura; si no que también se vivía en las esquinas de la pequeña ciudad, corrijo, pueblo grande de Medellín. ¡Pobres rudos esperando transporte hacia la nada! 

Yo por eso mejor me vine para la ciudad de la supuesta eterna primavera, donde no esperamos camioncitos si no que montamos en el silencioso metro. Donde la gente se mira extrañamente. Donde los puestos vacíos son observados con detenimiento. Donde yo nunca me sentaría jamás. En ese metro hice un viaje anoche. 

Desde San Javier hasta Niquía no hubo necesidad de hacer transferencia, y mucho menos cuando de allí aparecí en Itagüí sin saber como.  Ya que no supe que hacía allí, de forma anacrónica llegué a San Javier en medio de un caos producido porque el metro no se había detenido y traspasaba el concreto de la plataforma generando un pánico que hizo que las entradas fueran bloqueadas. Cuando logré salir de la estación, quedé petrificada al ver que me encontraba en plena Plaza Bolívar de Bogotá dándole maíz a unas palomas. 

Al chico que me observaba –ojos grandes, cejas pobladas y ropa desgastada– le pregunté donde había una estación de metro. ¡Me miró con repudio, casi con odio! Con voz de niña ofendida me hizo dirigir hacia una estación de Transmilenio. La verdad no sabía en que consistía. Solo vi un busecito rojo, de ojos tristes; seguramente si esos faroles fueran ojos. 

Entonces hice algo que no hacía desde mis días en Australia. Pedí limosna y después de tres horas pude entrar a uno de eso poblados vagones. No sabía hacia donde me dirigía, (realmente nunca se hacía donde me dirijo), pero esta vez mi mano se movió hacia el despertador que siempre pongo debajo de la almohada. Donde nunca guardo sueños y menos de este estilo. Donde viajo y viajo sin pararme de la cama.

 
Pd. En la creación de este texto, colaboraron varias personas, entre ellas Marín (http://www.gotadeazur.blogspot.com)

2 respuestas a Viaje sin boleto de regreso

  1. MaRíN dice:

    Eso carajo!
    Se te estima mucho sos una bien!
    tengo sueño…
    voy a ver si cuando despierte despierto lejos de tanta incertidumbre!
    ojalá no sea en Bogotá.
    Chao!

  2. camela dice:

    es ese antagonismo entre el terror y el placer de nuestro subconsciente.
    morir, renacer y sentarnos al borde de la cama con aquellos que ya partieron; ver sus rostros tan tangibles y despertar con la impotencia de no poder traerlos a la realidad.
    hay mi niña, el sueño es como una máquina del tiempo y de las formas.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: