¿Feliz día de la mujer?

marzo 8, 2009

“Eran incontables las lunas que brillaban en sus azoteas, o los mil soles espléndidos que se ocultaban tras sus muros”

Khaled Hosseini en Mil soles espléndidos.

Cada que llega el día de la mujer, y las flores vienen y van de aquí para allá,  me pregunto hasta que punto es feliz día, si todas las mujeres caben en la fecha, y si realmente ha cambiado la posición social de la mujer.

Siempre he sido muy partidaria del respeto a las culturas y me maravillo escuchando música de India, viendo bailes de Pakistán, y leyendo cantidad de cuentos de China; todo esto lleno de una historia que da cuenta de lo que cada quien es.

Sin embargo, de un tiempo para acá me he dado a la tarea de leer varios libros sobre El Islam y la cultura Árabe (dos cosas totalmente distintas). He pasado por 300 días en Afganistán, El vagón de las mujeresMil soles espléndidos, y hasta por El Islam explicado a nuestros hijos; encontrándome con una mujer vulnerada, maltratada y tratada como cosa.

Hace un rato terminé la lectura de Mil soles espléndidos, y al terminar la lectura no pude evitar que los ojos “se hicieran agua”. (Creo que de allí surgió esta entrada).

El libro cuenta la historia de dos mujeres afganas, Mariam y Laila, altamente maltratas por un zapatero hijo de nadie que descargaba su furia hacia ellas cada que su irracionalidad así se lo indicaba. Mariam, hija ilegítima de un importante señor de Herat, fue obligada a casarse cuando tenía 15 años;  mientras que Laila es llevada a ello por el deseo de ocultar su estado de embarazo fruto de una relación con Tariq (el chico sin una pierna al que siempre amó).

Cuando leía el libro sentía la rabia, la tristeza y la impotencia de aquellas mujeres.  Lo que más indignación me causó fue una escena en la que aquel odioso zapatero obligó a Mariam a morder piedras, solo por que no le gustó el arroz que ella cocinó. El resultado: Su sumisa esposa perdió dos muelas.

Al final, Mariam es ejecutada por asesinar a su marido, producto de una escena mas de violencia en la que el  ahorcaba a Laila.

Cada que me encuentro con ese tipo de historias no puedo dejar de sentir cierta gratitud por estar de este lado de la pantalla; pero al mismo tiempo me gustaría ser un ser de esos raros que le lleve esperanza a esas mujeres deshauciadas. (No solo a las de aquel “lado del mundo”, sino también a la campesina, a la que trabaja en otras casas haciendo labores domésticas, a la prostituta, a la violada, a la rechazada: Todas ellas igual de humanas como usted o yo).

En todo caso, feliz día para todas aquellas que la luchan día tras día; a las que con sus vientres le brindan un futuro a la humanidad.

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