La violencia deja estragos

febrero 19, 2008

En el año 2002 cuando la violencia azotaba el barrio, fui testigo de un asesinato que en ese entonces con mentalidad de niña no pensé que fuera a marcarme tanto.

Como de costumbre el carro que me transportaba fue hasta la puerta de mi casa a las seis y cuarto de la mañana. Tomé uno de los puestos de atrás, pues una niña (vecina por cierto) peleaba conmigo si me encontraba en el asiento que queda al lado del conductor.

Todo transcurría normalmente y la transportadora había realizado dos paradas habituales. Cuando se disponía a detener el carro por tercera vez, escuchamos unos disparos procedentes de la parte de atrás. De un momento a otro, el carro fue rodeado por tres hombres; mientras otro u otros, nunca supe cuántos eran, disparaban a un joven que corriendo, trataba de escaparse de sus asesinos.

Desde uno de los asientos traseros del carro alcancé a ver al joven que dirigiendo su cabeza hacia atrás estaba apunto de caer desplomado cual película de acción, claro que tristemente esta vez la escena era realidad y no la actuación de una estrella de cine cuyos asesinos intentan alcanzar sin poder lograrlo.

En ese instante, en medio del miedo que me invadía, alcancé a visualizar entre la camisa a rayas que el muchacho llevaba puesta, una mancha roja y grande que cubría casi la totalidad de su espalda. No me reponía del impacto, cuando sus ojos, que recuerdo grises y llenos de una profunda tristeza, soledad y desolación, se encontraron con los míos. Yo, en ese entonces  niña de 12 años, sentí una impotencia que ninguna otra ha logrado igualar en lo que llevo de vida.

Agaché mi cabeza y cuando volví a levantarla me encontré con el rostro de uno de los que rodeaba el carro. Inmediatamente entró el arma por la ventanilla delantera del carro, y creo que desde ese momento, mi vecina nunca más deseó sentarse al lado del conductor. Yo miraba esa cosa gris y brillante y sentía un pánico que palabra alguna puede llegar a explicar. Ese rostro de la guerra se me grabó y hasta el día de hoy no lo he podido olvidar. Es más, temo poderlo reconocer.

Luego de minutos eternos, todo cesó, el joven murió metros mas adelante y un hilo de sangre que más parecía agua con anilina roja, corría por un costado de la carretera dando testimonio de la crueldad de la guerra.

La transportadora siguió su camino en medio del llanto que se unía al de los demás que iban en el carro. Yo era la única que no lloraba. En medio de sollozos, “Doña —–” trataba de calmarlos  pero era inútil. Llegamos al colegio, me bajé del carro y en ese instante la impotencia me pudo y entonces empecé a llorar tanto que nadie me pudo parar durante varios minutos. Recibí las clases en un delirio de persecución que conservé durante mucho tiempo.

Salí del colegio y esperé a la señora que me transportaba pero nunca llegó. Tomé un colectivo y no me bajé en mi casa, si no cerca a la biblioteca.

Caminé por El Guamo, y cuando miré hacia el teléfono público, me percaté de que allí estaba parado quien había “metido” su arma por la ventanilla del carro y me miraba fijamente. El alma se me enfrió y empecé a correr hasta que llegué a mi casa. Duré cuatro meses sin volver a la biblioteca por miedo de encontrarme a ese sujeto. Abrí la puerta de y de inmediato abracé a mi mamá en medio de un llanto que duró toda la tarde. Tenía miedo, mucho miedo y no había podido expresarlo durante toda la mañana. No era capaz de expresarlo en su totalidad y eso me oprimía el pecho.

“La guerra”, hizo que por primera vez yo tuviera una representación real de la muerte. Hasta ese entonces era algo lejano y misterioso. Ese día, paradójicamente, cobró vida.

El suceso todavía me persigue, hace poco soñé con el muchacho que mataron. Fue tan fuerte lo que causó ese sueño, que ese día camino a reunión con ConVerGentes, estuve por jurar que uno de los señores que estaba parado en un “poste” por donde yo pasaba, era al que yo le había visto la cara antes de que ingresara su arma por la ventanilla, y el mismo al que yo había visto ese mismo día en el teléfono público. Pero tras repararlo bien, pude asegurar que definitivamente, ese día no estaba destinado para que yo me encontrara nuevamente con el rostro de la guerra.